
Corre la leyenda urbana de que las primeras víctimas británicas de la Segunda Guerra Mundial fueron algunos animales del Zoo de Londres, ya que, ante el temor de bombardeos que pudieran liberar a los animales, el director de dicho zoo decidió sacrificar a todos aquellos que fueran considerados peligrosos o venenosos. Esto no ocurrió así: sí es cierto que la dirección del zoo tenía temor a que los animales escaparan, pero no desde el inicio de la contienda, en 1939, sino un par de años más tarde, cuando se hizo más patente el peligro de un bombardeo sobre las instalaciones del parque zoológico más antiguo del mundo. Por ello se contrataron a tiradores especializados para que, en caso de fuga, se eliminaran a los animales más peligrosos. El temor fue infundado: el Zoo de Londres resistió bastante bien la guerra, y sólo hubo una fuga, la de una cebra que finalmente fue atrapada tras un largo paseo por Regent´s Park.
En Alemania, en cambio, los animales del Zoo de Frankfurt no corrieron la misma suerte: tras una serie de bombardeos aliados a la ciudad, sólo veinte de ellos sobrevivieron.